Wednesday, 22 June 2011

Si hay tanta carne por masticar...

Nadie la vio pasar, pero todos sabían que estaba allí,

tampoco era necesario buscarla.

Nadie la ha movido y creo que nadie lo hará.

Esa montaña morirá donde está.

Tras edificaciones de madre tierra se encuentra aquel solitario montículo de rocas y arena exacerbado, solo como sólo el puede estarlo. Nadie le dio las gracias por estar ahí, nadie. Le llamaban “Cerro Chena”, sobre él se erigían algunos postes, sus grandes extensiones servían de cuando en cuando para el entretenimiento de los demás, habían algunos puestos militares y hasta compañías encargadas de explotar la tierra tenían puestos sus ojos en él, pero nadie le dio las gracias por estar ahí. Aun así, leal a su tierra, nunca se movió. Tanto temple merece admiración, Chena tenía algo singular, un “no sé que”. Mas nadie nunca lo reconoció.

Triste historia es la del cerro Chena, pero no solo la de él, sino que la de muchos de sus compañeros. Como en todo, habían algunas excepciones a la regla, pero estas eran contadas con los orificios de tu nariz me atrevería a decir, Cristóbal y Lucía creo que se llamaban. Acaparaban la atención de quien por al lado de ellos caminara. Chena y muchos de sus compañeros no corrían la misma suerte, pero a diferencia de sus compañeros, Chena estaba aun más solo, el destino no lo dejo pertenecer a la gran cadena fraterna que recorre gran parte de Latinoamérica. Tan solo, Chena. ¿Por qué te toco esto?... Nadie le daba las gracias por estar ahí. Te toco ser el filántropo solitario, te toco ser el que nos acompaña durante el viaje, ese que nadie vio pasar, pero todos sabían que estaba allí, no era necesario buscarte. El mismo que no tomamos en cuenta hasta que desaparece del mapa, entonces nos preocupamos, pero siempre esta ahí cuando volvemos, a pesar de toda ingratitud. Tuviste tiempos de gloria, Chena. Los tuviste.

No sabes como te compadezco, Chena. A mis 86 años, no sabes cuanto te entiendo.