Debió ser un flechazo directo al corazón, una muerte segura. Pero la inmadurez de aquel cupido y su falta de tino lo hizo errar el tiro y cayó en su hombro. Abatida, cabeza al suelo, piernas lánguidas y una bufanda que aun no tocaba el pavimento, quedaste tendida a los pies de quien te llamaba a madurar hacia un paisaje incierto. No te ayudaría a levantarte, no tenía cómo. No tenía brazos con los que sostenerte.
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