Después de vivir en una ciudad tan cuadrada como Santiago por más de 20 años (casi 21), puedo decir que me gustan los arcos sobre las calles. No me refiero a los pasos sobre nivel o las pasarelas que generalmente se ven en calles transitadas, sino que a los arcos como los que se ven frente a la Moneda en esos dos grandes edificios que están en el lado sur de la Alameda. Me hacen recordar que las calles no siempre estuvieron ahí y que nosotros somos los que nos hemos adaptados a ellas dándolas por sentadas, naturalizandolas, y que no es necesario respetarlas tanto como se nos exige y que podríamos darle una infinidad de utilidades más que el de vía para automóviles y/o autómatas.

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